Memorias en transición: de nación dividida a sociedad reconciliada. ¿Concesiones que se otorgan a victimarios se deberán compensar a través de un ejercicio de memoria?


Hay situaciones que nos obligan a repensar las trayectorias individuales o colectivas y a cuestionar los marcos sociales o culturales a partir de los cuales definimos nuestros criterios de acción y nuestra visión de futuro. Estamos viviendo en Colombia un momento de esas características, que invita a la imaginación y a la flexibilización de nuestros discursos y nuestras posiciones, largamente congelados por las exigencias o las consecuencias de la guerra.

En general, en los equilibrios delicados que se urden entre verdad, justicia, reparación y no repetición en un proceso de paz como el colombiano es posible asumir que las concesiones que se otorgan a los victimarios, en términos de justicia, se deberán compensar a través de un ejercicio comprometido y riguroso de memoria.

En circunstancias como la nuestra, la memoria se convierte en un ejercicio de reescritura de la historia y de construcción del porvenir, y debe incidir en la elaboración de símbolos e imaginarios para la creación de nuevos lenguajes y formas de relación social y política que permitan ver a los enemigos extremos de ayer como conciudadanos. Se requiere, por lo tanto, de un ejercicio de memoria que continúe con la doble tarea de esclarecer y transformar. Memoria y reconciliación: escenario de tensiones Reconciliación es un término polisémico y no libre de polémica, especialmente cuando se invoca en el escenario de la violencia política. En Argentina, por ejemplo, hijos e hijas de las víctimas de la dictadura militar son enfáticos en afirmar: no olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos.

En el escenario colombiano, con su larga historia de atrocidades acumuladas, resultaría útil pensar qué significa la reconciliación, qué consideramos se debe reconciliar y por qué resultaría deseable, cuando en un sentido fuerte se la asocia a la superación de injusticias y exclusiones largamente ancladas en nuestra sociedad. Y también deberíamos preguntarnos por qué desde hace más de diez años comenzaron a cobrar vida procesos comunitarios que se proponen crear condiciones que vayan más allá de la justicia retributiva que aísla y propendan por la restaurativa que busca aclimatar la convivencia.

El sistema integral de verdad surgido de las negociaciones pretende atender simultáneamente los reclamos de verdad y las necesidades de reconciliación, en un campo de tensiones y colaboraciones todavía difícil de imaginar. El tránsito mental y social de enemigos a vecinos necesita ser cuidadosamente procesado.

La reconciliación supone pensar en varios escenarios, y de todos ellos se desprenden tareas para la memoria:

Reconciliación de las víctimas con su propia experiencia

El conflicto armado ha dejado un doloroso saldo en la integridad física y emocional de las víctimas. Las acciones de los victimarios han intentado culpabilizarlas, avergonzarlas, sumirlas en la impotencia y la desesperanza. La memoria busca permitir que en el ejercicio de reconstruir y significar, la víctima pueda deponer la verdad que el victimario quiso imponerle, y vencerlo (simbólicamente) al potenciar lo que este quiso exterminar y silenciar: su dignidad, su integridad, sus proyectos o sus creencias.

Si los seres humanos somos lo que logramos contar de nosotros mismos, es preciso una memoria que permita construir relatos dignificantes. La memoria se expresa, en primera instancia, como un asunto del mundo privado, como experiencia y como ejercicio terapéutico que tiene una poderosa fuerza comunicativa.

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