La Eucaristía: Amor y Unidad

  •    Junio 16 de 2017
  •    Enrique Gutiérrez T., S.J.,

¿Quién de nosotros no ha tenido en su vida la experiencia de haber pasado hambre y de haber tenido sed? De una u otra manera, todos en la vida lo hemos vivido. Es algo que no nos gusta, que nos marca para siempre. Nos preguntamos ¿por qué las cosas son de esa manera, por qué el hambre en el mundo?, ¿por qué tanta sed de diversos órdenes? ¿Nos hemos vuelto tan insensibles que las fotos dramáticas y las escenas que nos entregan los medios de comunicación ya no nos impactan?


Este domingo celebramos la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, íntimamente unida al Jueves Santo. Es la solemnidad en la cual celebramos la manera como Jesús, el Dios hecho hombre, quiso quedarse entre nosotros como alimento y bebida para el camino de la vida. Es el reconocimiento de esa presencia sacramental, bajo las especies del pan y el vino, que nos permite acercarnos al regalo de la Eucaristía. Don que es una invitación a ser sacramento de unidad y vínculo de caridad, como lo expresa de manera magistral el gran San Agustín.

Quienes nos reunimos cada domingo lo hacemos unidos por la fe que tenemos en común, invitados a celebrar la comunión con los hermanos en torno a la palabra del Señor y a la fracción del pan. Somos comunidad llamada a construir cada vez más esa misma comunidad desde el testimonio de vida y el compromiso. La comunidad no se nos da hecha, estamos llamados a ser parte viva de la misma y a cooperar en su construcción.

Es también vínculo de caridad porque estamos llamados a hacer realidad el mandamiento nuevo que Jesús nos dejó: “que se amen los unos a los otros como Él nos ha amado”. Ese vínculo de amor es lo que hace posible ir construyendo la unidad, le da sentido a nuestra tarea y a nuestra misión. Convocados para celebrar, somos desde la misma comunidad, enviados para hacer realidad ese mandamiento de amor. Tarea que debe reflejar lo que debe significar la Eucaristía en la vida de cada uno.

El mundo en el cual vivimos no es un mundo hambriento solo de pan material. Es un mundo hambriento de respeto a la vida, a la dignidad de la persona. Es un mundo sediento de valores que le den sentido a su quehacer cotidiano. Es un mundo hambriento y sediento de Dios, de lo espiritual, de la trascendencia. Es ahí, en un mundo así, donde estamos llamados a ser testigos de un Dios que se hizo hombre en la persona de Jesús de Nazareth, un Dios que se entregó a la muerte por nosotros, que dio su vida para que tuviéramos vida, un Dios que se hace alimento y bebida.

Esta celebración es una invitación para que nos preguntemos cuál es la importancia que le damos en nuestra vida a la Eucaristía, cuál es nuestra participación en la misma, cuál el sentido de solidaridad que estamos llevando a la práctica, o si por el contrario nos hemos olvidado que no podemos ser insensibles a las necesidades de los demás, especialmente de los más frágiles y débiles. Comer el Cuerpo del Señor y beber su Sangre nos compromete a ser signo de unidad y vínculo de caridad para con nuestros hermanos.